La madrugada trajo consigo un silencio distinto. No era el del sueño, ni el del bosque conteniendo el aliento. Era un silencio vivo, lleno de presencias que no necesitaban forma. Elia abrió los ojos sin apuro, como si su cuerpo supiera que había algo esperando. Permaneció acostada por unos instantes, dejando que los sonidos del mundo le llegaran como olas suaves. El crujir de la madera bajo su espalda. El leve roce de las hojas en la ventana. Y, sobre todo, el eco. No uno que venía de lejos, si