La mañana se deslizó sobre el claro sin pedir permiso. No fue un amanecer, sino una revelación. Las hojas parecían más húmedas, los colores más saturados. El aire tenía ese peso suave que anuncia una conversación pendiente entre el cielo y la tierra.
Elia despertó sin sobresalto. Su cuerpo, aunque cansado, parecía aligerado de un peso que había llevado sin saberlo. Tocó la runa en su esternón: aún palpitaba, pero con el ritmo de quien ya no grita, solo recuerda.
Lena estaba de pie junto al fueg