Elia regresó al bosque como quien vuelve de un sueño que aún no termina. No sabía cuánto tiempo había pasado bajo tierra, ni si el sol que descendía era el mismo que había visto antes de entrar. Lo único que sabía con certeza era esto: ya no era la misma.
No caminaba como una heredera. Ni como una exiliada. Caminaba como una página que sabe que pronto será leída.
A su alrededor, el bosque no celebraba ni se apartaba. Simplemente existía, como si ahora la reconociera no como visitante, sino como