—Dante… —susurró Perry, tan bajo que solo las burbujas escucharon su confesión.
La silueta de él desaparecía entre los pilares de coral que marcaban la salida de la gran sala. El agua aún temblaba por su partida, como si el océano se rehusara a soltarlo.
—¿Qué sigue ahora? ¿Nadarás tras él y le suplicarás? — La voz de Derek la alcanzó, fría como una corriente de aguas profundas.
Ella se giró lentamente. Y ahí estaba él. Mirándola con una mezcla de incredulidad y dolor.
Perry había creído que el