Capítulo 139. Liberar a la bestia.
Dominic Ivankov
Bajo las escaleras, con la sombra de Trina tatuada en la retina. Su olor, su piel, su voz convertida en un susurro que me rompía los huesos. Pero no podía quedarme ahí, acariciándole la frente como un maldito cobarde que reza. Ahora era momento de hacer lo que mejor se me da: destruir.
Las puertas del sótano se abrieron con un chirrido. El aire ahí olía a miedo, a metal oxidado, a gritos que no salieron y a sangre seca en las paredes. Todo estaba como me gustaba: oscuro, cerrado