Capítulo 100. Muñeca rota.
Trina
Desperté con el sabor metálico de la sangre en la boca.
Mis muñecas ardían por las cuerdas que las sujetaban. Me habían colgado de los brazos, dejando que la gravedad hiciera su trabajo, estirando mis articulaciones hasta que crujieron como ramas secas. Cada latido del corazón era un zarpazo. Cada segundo, una sentencia.
La habitación estaba sumida en una penumbra sucia. Olía a sudor rancio, humedad, y el eco lejano de los gritos de otros que no habían tenido mi suerte. O mi fuerza.
—Míra