La sangre tenía un sabor metálico que Draven nunca había aprendido a ignorar.
Escupió otra bocanada en el suelo de su escondite—un almacén abandonado en los niveles más bajos de Aerisport, donde la niebla era tan espesa que podías cortarla con un cuchillo. Sus dedos presionaban contra la herida en su hombro, pero la sangre seguía filtrándose entre ellos, caliente y persistente.
La criatura le había destrozado bien. Podía sentir el veneno de corrupción arrastrándose por sus venas, quemando como á