Camila Reyes Mondragón tenía dos años, dieciséis palabras claras y un número indefinido de aproximaciones fonéticas a palabras que todavía estaba perfeccionando, la convicción absoluta de que las escaleras existían para subirlas y el criterio muy específico sobre qué zapatos quería ponerse cada mañana, criterio que no siempre coincidía con el criterio de los adultos sobre qué zapatos eran apropiados para el clima o la ocasión.
También tenía, aunque esto todavía no lo sabía, una historia detrás