Ocurrió un martes a las once y cuarenta de la mañana.
Valentina estaba en el estudio, trabajando en los primeros bocetos del manual de identidad del hotel, con música de fondo y el café de las diez ya frío sobre el escritorio. Llevaba dos horas de concentración profunda, el tipo que hace que el mundo externo desaparezca, cuando sintió algo.
No era dolor. No era presión. Era otra cosa.
Como burbujas. Como aleteo. Como si alguien dentro le dijera, con mucha suavidad y desde muy adentro, que exist