La abuela no se movió de su sitio, pero la atmósfera en la pequeña cabaña se volvió tan densa que el humo de las hierbas pareció congelarse en el aire. Sus ojos oscuros, cargados de la sabiduría de varias generaciones, repasaron las figuras de los dos alfas que acababan de echar abajo su puerta. La certeza que había buscado cayó sobre ella como un rayo: la sangre de su linaje reclamaba a la joven omega. Sin embargo, junto a esa certeza nacieron dos dudas abrumadoras que hicieron vacilar inclu