La suite privada de la Clínica Mendoza estaba en silencio, roto solo por el suave bip de los monitores que custodiaban el sueño de Sofía León. Marianna se acomodó en el sillón junto a la cama, exhausta pero incapaz de cerrar los ojos. Cada vez que lo hacía, veía dos cosas: la palidez cadavérica de su hermana en el quirófano y la mirada de Álvaro al reconocerla.
Un suave golpe en la puerta la hizo estremecer. —¿Sí?—dijo, con la voz ronca por el cansancio.
Era Antonio Ruiz, el anestesiólogo. Entr