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La fotografía estaba sobre la mesa cuando Elena entró al despacho.

No era una entrada dramática. Elena Montserrat Vidal no hacía entradas dramáticas; hacía apariciones calculadas, con la misma precisión con que un cirujano hace incisiones. Pero esa mañana algo en el ángulo de la luz —o quizás en el ángulo de Adrián, de pie junto a la ventana con esa quietud particular que él tenía cuando estaba esperando algo— le dijo que el día había decidido no cooperar.

—Buenos días —dijo él.

Dos palabras. S
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