—Si vas a engañarme, al menos no uses mi cama.Las palabras salieron de su boca con una calma tan absoluta que parecían el prólogo de una sentencia, no de una pelea. Elena Varela permaneció inmóvil en el umbral de la suite privada, con el bolso todavía colgado del hombro y los ojos fijos en la escena que se desplegaba ante ella con la nitidez cruel de algo que llevaba mucho tiempo esperando ver.Rodrigo Varela —su esposo, el hombre cuyo apellido ella había tomado hacía tres años— se incorporó lentamente sobre la cama, y sus movimientos tenían la parsimonia deliberada de alguien que no considera necesario disculparse. A su lado, entre las sábanas revueltas del color del marfil antiguo, una mujer de cabello oscuro y largas piernas intentaba cubrirse con la primera prenda que encontró. El perfume de ella flotaba en el aire como una ofensa adicional, denso y ajeno, instalado en cada rincón de aquella habitación que era, técnicamente, parte del hogar de Elena.Rodrigo sonrió. No con arrepe
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