El pasadizo los devolvió al mundo con la misma indiferencia con que había absorbido su huida, y Adrián pensó que eso era lo más honesto que había hecho cualquier cosa en los últimos tres días.
La habitación al otro lado de la puerta baja era pequeña y olía a papel viejo y a calefacción que llevaba demasiado tiempo funcionando sin que nadie le prestara atención. Había una mesa, dos sillas, y sobre la mesa un ordenador portátil que parpadeaba con la insistencia de alguien que lleva horas esperand