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El pasaje terminó en una habitación que olía a velas apagadas y a decisiones tomadas hace mucho tiempo.

Era pequeña, sin ventanas, con una lámpara de aceite que alguien había dejado encendida como si esperara visitas. Había una silla, una mesa estrecha y una manta doblada sobre el suelo con una precisión que sugería hábito. Elena la conocía. Adrián lo supo antes de que ella dijera nada, porque la forma en que se movió por el espacio era la de alguien que no necesita buscar el interruptor en la
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