La reunión no estaba en el calendario de nadie.
Eso era, precisamente, el punto.
Elena había convocado a cuatro personas a las siete y cuarenta y cinco de la mañana con un mensaje de dos líneas enviado la noche anterior. Sin orden del día. Sin sala reservada a través de la secretaría general. Sin el protocolo de confirmación que Armengou había instaurado en los años noventa y que nadie había tenido el valor de desmantelar. Cuatro personas, una hora, y la instrucción de que el café lo pusiera el