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El desayuno llegó puntual a las ocho, lo cual fue lo único puntual en todo el día.

Adrián lo observó desde el otro lado de la mesa mientras Elena desviaba la mirada hacia su teléfono con la cadencia mecánica de alguien que revisa un tablero de instrumentos en pleno vuelo. No leía los mensajes. Los evaluaba. Había una diferencia que él había tardado exactamente veintinueve días en aprender a distinguir, y ahora que podía hacerlo no estaba seguro de que eso fuera una ventaja.

—El café está frío —
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