El umbral de la villa se sintió como el límite de un mundo nuevo.
Al cruzar la puerta de madera tallada, Ridell no soltó la mano de Diamond; al contrario, la guio con una parsimonia que rayaba en lo solemne, mostrándole cada rincón de la propiedad.
Diamond caminaba en un estado de fascinación absoluta, observando los techos altos y los ventanales que dejaban entrar la luz dorada de la tarde.
En el vestíbulo, el pequeño cachorro de lobo fue entregado a un soldado de confianza, un joven de rostro