Mundo ficciónIniciar sesiónRidell North se quedó clavado en la tierra batida, viendo cómo la figura delgada de su esposa desaparecía tras los setos del jardín. Sus puños seguían cerrados a los costados, los nudillos blancos por la presión.
La frase de Mark todavía resonaba en el aire caliente, cargada de una insolencia que, de haber venido de cualquier otro hombre, habría resultado en una mandíbula rota.
«Si el esposo no la cuida, tal vez alguien más debería hacerlo».
Ridell soltó el aire por la nariz, un bufido de toro furioso. Se giró hacia Mark, que ya estaba de espaldas, ordenando a los hombres volver a la formación.
—Mark —llamó Ridell. Su voz fue baja, pero cortó el ruido del entrenamiento como una hoja de afeitar.
El subcapitán se detuvo y giró sobre sus talones. La sonrisa de lobo seguía ahí, desafiante.
—¿Sí, Capitán?
Ridell acortó la distancia entre ambos en dos zancadas largas. Quedaron frente a frente, dos montañas de músculo y testosterona.
—No vuelvas a insinuar algo así —advirtió Ridell, bajando la voz para que la tropa no escuchara—. Diamond es una Valentine. Es una pieza en un tablero político, un contrato que estoy obligado a mantener. No es una mujer para "cuidar". Es una carga.
—Si tú lo dices... —Mark se encogió de hombros, sin retroceder—. Pero los contratos no sangran, Ridell. Y esa chica parecía a punto de desmayarse. Solo digo que un animal herido es peligroso... o muere. Y no creo que quieras un cadáver en tu historial antes de conseguir lo que quieres de su padre.
Ridell apretó la mandíbula. Odiaba cuando Mark usaba la lógica fría contra él.
—Vuelve al trabajo. Y asegúrate de que Ivolet —señaló al soldado pelirrojo que corría alrededor del campo, el hermano mayor de Sienna— cumpla cada maldito metro de su castigo. No quiero favoritismos solo porque su hermana sea quien es.
—A la orden.
Ridell se apartó, buscando su botella de agua. Se la llevó a la boca, pero el líquido estaba caliente y le supo metálico, casi a sangre.
Su mente, traicionera, volvió a la imagen de Diamond.
Recordó sus ojos. Eran azules, grandes y profundos como el océano, y por un segundo, cuando él la confrontó, no vio la arrogancia de una niña rica ni la frialdad de una espía. Vio pánico. Vio agotamiento real.
—Maldita sea —masculló, pasándose una mano por el pelo mojado.
¿Por qué le importaba? Era la hija de su enemigo.
—¡Ridell!
La voz cantarina rompió sus pensamientos oscuros.
Ridell levantó la vista. Por el sendero de piedra, caminando con una elegancia ensayada y con algunas sirvientas siguiéndole de cerca para protegerla del sol, venía Sienna.
—La señorita Sienna —murmuró uno de los soldados cercanos—. Esto sí es una visita.
Ridell observó la escena con una extraña frialdad que lo sorprendió a sí mismo. Debería sentirse aliviado. Diamond era el enemigo, la intrusa; mientras que Sienna era la mujer que conocía desde la infancia, la que entendía su mundo y sus reglas.
—Hola, Ridell... es bueno verte de nuevo. Vine tal como te lo prometí hace unos días —dijo Sienna. Se acercó a él sin importarle su torso desnudo y sudoroso, hablando con un tono armonioso y posesivo.
—Sienna, no tenías que...
—¿Qué dices? —lo interrumpió ella con una sonrisa radiante—. Mark, chicos. Les he traído bebidas isotónicas heladas, fruta fresca y esos sándwiches de roast beef que sé que les encantan. Nada de agua tibia. Ustedes merecen lo mejor.
Sienna se giró hacia el pelotón, brillando como una salvadora. De la nada, y muy diferente al recibimiento hostil que le habían dado a Diamond, comenzaron a escucharse vítores genuinos entre los hombres.
—¡Gracias, señorita Sienna!
—¡Usted siempre piensa en nosotros!
—¡Un ángel!
El mayor Ivolet, el hermano de Sienna, detuvo su carrera jadeando, aprovechando la distracción.
Miró a su hermana con adoración y luego a Ridell con una ceja alzada, como diciendo: «¿Ves la diferencia entre una dama y tu esposa?».
Ridell vio la diferencia, sí. Pero no la que ellos creían.
Vio la logística.
Diamond había traído una canasta pesada ella sola, caminando bajo el sol sin ayuda.
Sienna traía un séquito de sirvientes para que cargaran las cosas por ella. Diamond había sido enviada por Rona con órdenes contradictorias, una trampa evidente.
Sienna llegaba como la salvadora, justo después del "error" de la otra, cronometrada a la perfección.
—Es curioso —dijo Ridell en voz alta, interrumpiendo las risas.
El silencio se hizo en el círculo cercano. Sienna lo miró con ojos grandes e inocentes.
—¿Qué es curioso, Ridell?
Ridell se cruzó de brazos, ignorando la bandeja de plata que un sirviente le ofrecía.
—Nada, no es nada importante... —Mintió, guardando la sospecha para sí mismo.
—¿Te ocurre algo? Pareces de mal humor, Ridell —insistió ella, acercándose más—. No quiero que estés enojado. Si hay algo que te moleste, no tienes por qué dudar en decírmelo. Yo con gusto haré lo que sea necesario para ayudarte; después de todo, para eso son los amigos...
—No debes preocuparte, Sienna. No ocurre nada.
—Pero...
—El capitán está de mal humor, Sienna, y todo es debido a esa mujer —intervino el mayor Ivolet, acercándose con el rostro rojo por el esfuerzo y la rabia—. Es una víbora, capitán. Esa mujer solo vino a provocar. ¿Vio cómo le sonreía? Parecía una de esas... mujeres de la calle. Es una vergüenza que lleve su apellido.
El aire se congeló.
Ridell sintió una oleada de furia caliente, distinta a la irritación anterior. Se giró hacia Ivolet con una velocidad letal.
—Cuidado, mayor Ivolet —gruñó Ridell. Su voz bajó una octava, vibrando con una amenaza que hizo retroceder a los soldados cercanos—. Es mi esposa. Y lleve mi apellido por honor o por contrato, sigue siendo una North ante la ley y ante este pelotón. Si vuelvo a escuchar que hablas de ella con esa falta de respeto, te arrancaré los galones yo mismo. ¿Entendido?
El mayor palideció, dando un paso atrás, sorprendido por la defensa feroz de Ridell hacia la mujer que supuestamente odiaba.
—Sí, señor. Disculpe, señor.
Sienna puso una mano en el pecho de Ridell, alarmada por la violencia en la voz de él.
—Ridell, tranquilo. Ivolet solo está intentando... ser un buen hermano. Protegernos.
Ridell bajó la vista hacia la mano de Sienna sobre su pecho desnudo. De repente, se sintió asfixiado.
El perfume de ella, antes agradable, ahora le parecía empalagoso. Las sonrisas de los soldados, la comida perfecta, la indignación de Ivolet... todo parecía un teatro mal montado.
Y él odiaba el teatro.
—Se acabó el descanso —anunció Ridell bruscamente, apartándose del tacto de Sienna como si quemara—. Mark, toma el mando. Quiero que hagan el circuito de obstáculos. Doble tiempo.
—¿Ridell? —Sienna lo miró confundida, con la mano aún en el aire—. ¿No vas a comer? Preparé esto especialmente para ti.
—No tengo hambre —mintió. Tenía el estómago cerrado por una sensación nauseabunda de duda. --Tengo asuntos que atender en el despacho.
—Pero... —Sienna intentó retenerlo, pero él ya se estaba poniendo la camiseta militar, cubriendo los músculos que Diamond había mirado con tanto anhelo y vergüenza minutos antes.
—Gracias por la comida, Sienna. Asegúrate de que los hombres coman. Mayor Ivolet, cinco vueltas más por abrir la boca y cuestionar a su capitán.
Sin esperar respuesta y dejando a Sienna con la palabra en la boca, Ridell comenzó a caminar hacia la mansión.
No corrió, pero sus pasos eran largos, decididos y cargados de una urgencia que no podía explicar.
Necesitaba pensar. Necesitaba silencio.
Y, aunque no quería admitirlo ni bajo tortura, necesitaba ver a Diamond.







