Ridell North se quedó clavado en la tierra batida, viendo cómo la figura delgada de su esposa desaparecía tras los setos del jardín. Sus puños seguían cerrados a los costados, los nudillos blancos por la presión.
La frase de Mark todavía resonaba en el aire caliente, cargada de una insolencia que, de haber venido de cualquier otro hombre, habría resultado en una mandíbula rota.
«Si el esposo no la cuida, tal vez alguien más debería hacerlo».
Ridell soltó el aire por la nariz, un bufido de toro f