El interior del automóvil se sentía asfixiante, un ataúd de metal y cuero que Diamond compartía con el hombre que llamaba hermano, pero que no era más que un espectador pasivo de su ruina.
Mientras el vehículo se alejaba de la base militar, Diamond sintió la vibración persistente en su bolsillo.
Con un movimiento mecánico, sacó el teléfono.
Al principio, sus ojos recorrieron la pantalla con desdén; un número desconocido, diferente al de las llamadas perdidas de su aliado supuestamente muerto.
S