Sienna estaba tendida en el suelo; su vestido de seda color crema —aquel que había elegido meticulosamente para impresionar a Ridell— ahora estaba arruinado por una mancha oscura y humeante de chocolate.
Pero no era el vestido lo que captaba la atención de los presentes, sino su rostro.
Lloraba desconsoladamente, con un llanto agudo, rítmico y perfectamente modulado que parecía rasgar el aire viciado del cuartel.
Al instante, el vacío que rodeaba a Diamond se llenó de movimiento frenético.
Un g