La oficina de mando de la base militar parecía más pequeña que de costumbre, o tal vez era la presencia de Ridell la que comprimía el aire.
Él estaba sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas y la mirada platinada fija en la puerta.
Cuando Sienna entró, no hubo el recibimiento cálido de antaño.
No hubo una sonrisa, ni el gesto de ofrecerle asiento. Solo un silencio gélido.
Sienna intentó sonreír, pero sus labios temblaron.
Sus mejillas estaban encendidas y sus ojos dorados brillaba