El calor de la chimenea era un débil susurro comparado con el incendio que ardía entre los dos sobre las sábanas de seda.
Diamond, con el cabello azabache esparcido como hilos de obsidiana sobre la almohada —un contraste violento con la blancura de las sábanas—, observaba al hombre que se cernía sobre ella.
Ya no veía al Capitán rígido de los North; veía a un hombre cuya armadura se había fundido, revelando una necesidad tan cruda que la dejaba sin aliento.
Ridell la besó, y esta vez no hubo mu