El silencio de la habitación matrimonial fue interrumpido por el sonido rítmico de los dedos de Diamond tamborileando sobre el tocador.
Frente al espejo, observaba su reflejo con una mezcla de incredulidad y vértigo.
Su piel aún guardaba el eco del calor de Ridell, y sus labios, ligeramente más rojos de lo habitual, eran el testimonio silencioso de la entrega de la noche anterior.
—¿De verdad me pidió salir? —murmuró Diamond, ajustándose un mechón de cabello—. ¿A un lugar fuera de estas paredes