Habían pasado ocho días desde la fatídica noche del baile, ocho días en los que el tiempo se había espesado como la sangre que se secaba sobre las sábanas de Diamond.
La mansión North, que antes le parecía una jaula de oro, ahora era simplemente una tumba de piedra.
Diamond se había negado a recibir a nadie.
Se encerró bajo llave, alegando una enfermedad que todos fingían creer, pero la realidad era mucho más oscura: el temor a que alguien notara los hematomas, a que el roce de una mano descubr