El despacho de Ridell North se había convertido en un mausoleo de mapas, informes de inteligencia y tazas de café frío.
El silencio era una presencia física, solo interrumpida por el zumbido eléctrico de las lámparas.
Había pasado un mes.
Treinta días exactos desde que Diamond Valentine —su esposa, la mujer que creía haber descifrado— le mostró el dedo del medio y desapareció en la bruma de Transilvania.
Treinta días en los que el Capitán North no había dormido más de tres horas por noche.
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