El silencio en la habitación de Sienna, en la mansión de los Ivolet, era denso y artificial.
El aire olía a lavanda y a medicamentos sedantes.
Sienna permanecía sentada en un sillón junto a la ventana, con la mirada perdida en un punto inexistente del jardín, sus manos entrelazadas sobre su regazo temblaban con una frecuencia rítmica que delataba el trauma que aún la mantenía cautiva.
Celine entró en la estancia con paso firme, aunque su corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra.
Obser