La puerta de la habitación matrimonial se cerró tras ellos, dejando fuera el eco de la voz de Killian y la mirada gélida de Celine.
El silencio que se instaló fue asfixiante, pesado como una mortaja.
Ridell permanecía de pie cerca de la entrada, observando a Diamond con una curiosidad que rápidamente se transformó en una inquietud punzante.
Ella no había levantado el rostro desde que salieron del comedor; sus hombros, habitualmente erguidos con una elegancia defensiva, ahora estaban hundidos, y