Los días en la nueva villa habían transcurrido como un sueño de seda, una tregua bendita que Diamond atesoraba en lo más profundo de su ser.
Por primera vez en años, el aire que respiraba no sabía a ceniza ni a miedo constante.
Ridell no había escatimado en gastos; cada rincón del nuevo hogar reflejaba los gustos que Diamond apenas se atrevía a susurrar: cortinas de terciopelo pesado para guardar su intimidad, muebles de madera tallada que daban una calidez desconocida y detalles que gritaban,