Capítulo 4.

Karen, envuelta en heridas y varios olores de machos sobre su piel y el rostro lleno de sangre se concentra en ver a su atacante desangrándose en el hielo.

— ¿Qué acaba de pasar?— susurra ella al ver que el impacto fue de una flecha que atravesó por su corazón, justo en el centro asesinándolo en el impacto.

— ¡El rey Alfa ha llegado!— Gritan todos y huyen temerosos entre los pinos.

Karen trata de levantarse su respiración se siente pesada y entrecortada, pero sus piernas no responden.

Pero en ese instante una esencia conocida la envuelve calentando su cuerpo como hacía años no le pasaba.

Se gira, buscando en alguna parte el cuerpo del dueño de ese olor maravilloso…

Canela y miel.

“No puede ser… parte de mi imaginación… ¿o sí?”

Después de ocho años, ocho delirantes y agonizantes años, finalmente podría tenerlo frente a ella.

De entre las sombras aparece un cuerpo grande, fornido, armado a base de ejercicio, luchas y poder.

Sin embargo, a pesar de tener el cabello largo y ondulado, el cuerpo el doble de su tamaño de aquel tiempo, y haber dejado de ser ese joven enamorado y cautivador de veinte años, ahora Zack era un monstruo que irradiaba peligro con cada uno de sus alientos.

Pero para Karen se siente como si el tiempo no hubiera pasado.

Sus ojos se clavan en ella haciéndola sentir como si estuviera calentando el interior de su cuerpo.

— Vaya, por lo visto, esta mañana la caza será mucho más interesante.

Su voz atraviesa sus oídos, dejándola amarrada al suelo.

Karen traga saliva.

El macho que tenía frente a ella, cubierto de pieles, implacable, no era el macho que ella conocía.

— Zack, yo… — Sus palabras quedan congeladas en el vacío invernal entre ellos.

Él levantó una ceja.

— Dime, criatura, ¿quién eres? — Cuestiona con una voz fría y glacial.

Karen se relame los labios. Los latidos de su corazón resonaban en sus oídos. El hombre que lloró y le rogó que se quedara ocho años atrás ahora la había olvidado. Quizás sea lo mejor.

— Soy…soy la Luna Karen de la manada Alma Oscura...

En ese instante, al estar tan cerca, la herida de su lazo roto vuelve a abrirse como si no hubiera pasado el tiempo.

Ella jadea, conteniendo el dolor dentro de su pecho, y el hombre que tenía frente a ella se vuelve una lápida de roca.

Él la mira desde arriba, con el rostro lleno de desprecio y la mirada completamente glacial.

— ¿Qué haces aquí?

— Yo… vine a buscarse… — Había pensado en cientos de posibilidades, cada noche de esos ocho años, en lo que diría de tenerlo frente a ella y las palabras simplemente no salían. — Yo deseo pedirte per…

— ¿Qué? ¿A quién quieres ver con ese vestido vuelto harapos?—Karen se deja caer aún más en la nieve.

Encogiéndose como un globo desinflado.

— Recuerdo que te casaste con un Alfa que podía darte poder y dinero, ¿no? — Dice Zack con las quijadas apretadas— ¿Cómo? ¿Ahora que estás en problemas te acuerdas de mí?

—Yo…— dice ella, bajando la mirada  sintiendo cómo su rostro se tiñe de rojo carmesí, por todas las palabras que había tenido que decir en aquel momento.

— Yo solo te pido disculpas. — Las palabras salen débiles, como si decirlas como un susurro lo obligara a acercarse a ella.

Zack se inclinó y habló en una voz que solo ellos dos pudieron oír —¿Por qué? Disculpas por decirme lo que realmente sentías. ¿Por arrojarme como un desgraciado después de haber peleado durante tanto tiempo y sufrir en una lucha encarnada?—   Cuestiona él.

Karen abrió los labios con las palabras plagadas de sinceridad. Yo... te lo ruego, rey Alfa, te lo ruego que ayudes a mi tribu... "y a nuestros hijos". — La última frase se le atascó en la garganta a Karen como un cuchillo. Mientras hablaba, realizó la reverencia más humilde del clan del lobo. Se arrodilló y besó los zapatos de Zack.

La mirada de Zack vaciló. Llevaba ocho años resentido con esa mujer, y ahora estaba arrodillada suplicándole; esto era justo lo que quería ver, pero ¿por qué sentía como si le apuñalaran el corazón? ¡No! Era solo una ilusión.

Los pasos de alguien más llegando, desconcierta a Karen.

Un olor dulce inunda el lugar.

Una mujer sale de entre las sombras, altiva, fuerte, con los ojos oscuros igual que Zack.

Karen observando cómo ella llega, lo rodea con los brazos y lo besa con una pasión que la obliga a desviar la mirada a pesar de tener a su loba aullando luchando por recuperar su atención.

A pesar de ese lazo que se había roto durante tanto tiempo, la necesidad de tenerlo cerca, había estado dormida, constante, en medio de la oscuridad.

Y siente eso como una especie de traición.

— Rey, ¿qué has hecho ahora? ¿A quién has cazado? — Dice ella, girándose, interesada por la hembra que estaba arrodillada frente a su pareja.— ¿A quién le perdonaste la vida?

— Ella es la luna Karen, de la manada Alma Oscura.

— ¡Oh, qué interesante!— Susurra ella.— Tenía entendido que ella era más que una sombra.

Karen levanta la mirada, sorprendida ante el desprecio que escuchaba de los labios de esa desconocida.

— Disculpa, ¿tú quién?

— Yo, yo soy la reina Alejandra, pareja del rey licántropo y la única hembra con el poder suficiente para destruir a quien se me ponga en frente. — Declara, sin ser soltada por la mano cálida y posesiva, de Zack.

Karen se traga la el dolor que la consume, él había rehecho su vida, mientras ella peleaba por mantener a su cachorro con vida y a salvo…

Él solo había seguido con su vida.

Justo como había deseado y temido en silencio.

—Yo, yo te pido protección para mi manada y los míos.—Susurra ella, de nuevo mirando, con una pequeña esperanza, directamente al rostro de Zack.

— Criaturas llenas de infortunios me sobran.— Declara el rey licántropo con desdén apretando más contra su cuerpo el de la reina que estaba a su lado.— ¿Crees que eres la primera que llega aquí a arrodillarte ante mis pies? ¿Crees que eres la primera a la que salvo? No.

El hombre que estaba frente a ella la estaba destrozando con su indiferencia.

— Son demasiadas almas que me deben mucho más que su propia vida.

— Se lo suplico… Rey licántropo.

Zack se mantiene en silencio, observando a la hembra que lo había despreciado ahora ser poco más que una ruina viviente.

Aprieta las quijadas, resistiéndose al instinto de protegerla con sus propias manos, a limpiar esa herida sangrando en su brazo.

“No, no se supone que sienta esto”

 Se había jurado que la próxima vez que la encontrara frente a frente, iba a hacerla arrepentirse de cada uno de sus desprecios, de sus palabras hirientes y del desdén con el que había arrancado el último designio de alma en su cuerpo.

Y ésta era la oportunidad perfecta.

— Lo haré— declara, sorprendiendo a ambas hembras.  

Karen levanta el rostro, iluminado conteniendo las lágrimas en sus ojos.

— Gracias rey licántropo, estaré eternamente agradecida…

— Con una condición…— La interrumpió el rey licántropo — Que seas mi amante, el tiempo que a mí me plazca.

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