Capítulo cuarenta y cuatro. El juego no termina.
El silencio en el penthouse era espeso como la niebla de una madrugada de invierno.
Kyan no había dicho una sola palabra desde que terminó la grabación. Nicole lo observaba desde el umbral de la cocina, con la espalda apoyada contra la pared, los brazos cruzados, y el corazón palpitando con inquietud. Él permanecía frente al ventanal del salón, inmóvil, como si pudiera encontrar respuestas entre los edificios dorados por la puesta del sol.
—¿Kyan