Capítulo cuarenta y uno. Promesas que se quedan.
La mañana entró al apartamento de Daniel sin pedir permiso, filtrándose entre las cortinas claras y despertando al mundo poco a poco.
Alexandra abrió los ojos primero. Durante unos segundos no se movió. Escuchó la respiración tranquila de Daniel a su espalda, su brazo rodeándole la cintura con una naturalidad que todavía la sorprendía. No era posesión. Era pertenencia compartida.
Desde el otro lado de la pared llegó una risa pequeña, seguida de pasos descalzos.
—Mamá —susurró una voz—. Papá ronca poquito.
Alexandra ahogó una risa antes de girarse.
Liam estaba de pie junto a la cama, despeinado, con su pijama arrugada y su dinosaurio favorito bajo el brazo.
—Eso no es roncar —murmuró Daniel sin abrir los ojos—. Es respirar fuerte.
—Papá, te escuché —dijo Liam muy serio.
Daniel abrió un ojo y luego el otro. Cuando vio al niño, sonrió de inmediato y estiró el brazo.
—Ven acá.
Liam no lo dudó. Trepó a la cama y se acomodó entre ellos como s