Capítulo cuarenta y dos. Las sombras no desaparecen.
La calma nunca duraba demasiado en la vida de Daniel Corso.
Él lo sabía. Siempre lo había sabido.
Por eso, cuando el ascensor del edificio se detuvo en el último piso y las puertas se abrieron con un sonido metálico demasiado lento, Daniel sintió ese viejo instinto activarse en su pecho.
Algo venía.
Alexandra caminaba a su lado, con Liam de la mano. El niño hablaba animado sobre el helado que le habían prometido después del almuerzo, ajeno a la tensión que empezaba a colarse en el aire como un olor invisible.
—¿Pasa algo? —preguntó ella en voz baja, notando el cambio en Daniel.
—No lo sé todavía —respondió él—. Pero no me gusta este silencio.
Entraron al apartamento.
Todo parecía en orden… demasiado.
Daniel dejó las llaves sobre la mesa con cuidado y recorrió el lugar con la mirada. Nada fuera de lugar. Ninguna ventana abierta. Ninguna alarma activada.
Pero entonces lo vio.
Un sobre negro, perfectamente colocado sobre la mesa del co