Capítulo veinte. Tenemos cuentas pendientes.
La mañana amaneció gris en Nueva York, pero dentro del departamento de Kyan Byron, el ambiente estaba más enrarecido que nunca.
Nicole preparaba el desayuno con movimientos lentos, distraída. Millie, sentada en la encimera con las piernas colgando, jugaba con una cucharita mientras observaba cada detalle.
—¿Por qué estás triste, mami? —preguntó, ladeando la cabeza.
Nicole se forzó a sonreír.
—No estoy triste, solo cansada.
Millie frunció los labios,