Capítulo veinte. La paz también da miedo
Mudarse no fue caótico.
Fue… raro.
Porque Valentina estaba acostumbrada a cargar con su vida sola.
Y de pronto había un hombre que:
—Eso va en la habitación del fondo.
—No cargues peso.
—¿Comiste?
—Si te mareas, te sientas.
—Marcos, no soy de cristal.
—No. Pero eres mi persona favorita en el mundo. Déjame exagerar.
Ella resopló.
Pero no discutió.
Porque en el fondo…
Le gustaba.
— — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — —