Capítulo veintiuno. El final de la guerra
Valentina estaba doblando ropa pequeña.
Ridículamente pequeña.
—No puedo creer que alguien vaya a caber aquí —murmuró, sosteniendo un body.
—Yo tampoco —respondió Marcos desde la puerta—. Pero estoy dispuesto a negociar con esa personita.
Ella sonrió.
Momentos simples.
Momentos que antes no existían.
Hasta que el teléfono de Marcos vibró.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
No a rabia.
A cansancio.
—Es ella —dijo.
Valentina no preguntó quién.
No hací