Sintió como el aire congelaba sus piernas, cerró sus ojos. Le aterraban las motos, no les gustaban. Cada vez que aceleraban más, lo apretaba más con sus brazos.
La rapidez la sentía en sus pies descalzos, y su pecho como los de un colibrí golpeaban la espalda de su salvador.
—Ya puedes soltarme.—comentó la voz.
Ophelia abrió sus ojos y se percató que estaban en una gasolinera. El olor a combustible entró por sus fosas y provocaron unas nauseas incontrolables. Con desesperación