Santino se estaba vistiendo, sentado a la orilla de la cama, Venecia rodeo su espalda con sus manos y se quedó en ella percibiendo la mezcla de sus olores entrelazados. Su nariz recorrió su espalda hasta llegar a su nuca.
—Tenemos que irnos. —Comentó él.
Con sus zapatos preparados, Santino se levantó de la cama y buscó su franela que estaba tirada a unos metros de ella. La recogió y la miró tapada con las sábanas blancas arrugadas.
—¿Qué miras? —preguntó él.
Los ojos de