En la región del sur, Gena estaba arrodillada entre la hierba, absorta arrancado malezas, cuando de pronto una voz masculina la sobresaltó:
—Hola, Gena —dijo Dionisio, apareciendo con discreción—. Necesito hablar con tu hermana. ¿Te importaría regresar a la mansión con tu mamá?
La joven se levantó de golpe, llevándose una mano al pecho. Con los ojos llenos de alarma, preguntó con voz quebrada.
—¿Le pasó algo a mi madre?
—No, tranquila —respondió él, alzando las manos—. Solo necesito quedarme a