Eris apoyaba su frente contra los fríos barrotes de su pequeña ventana, dejando que la brisa mañanera acariciara su rostro demacrado. El bosque se extendía ante sus ojos: veía las ramas de los pinos mecerse al compás del viento, cada hoja que danzaba en el aire era un recordatorio del mundo que pronto dejaría atrás.
Marcaba los días que le faltaban en la pared de su celda. Allí sí tenía noción del tiempo, y solo le quedaba uno. Una última noche, y entonces encontraría la libertad que tanto anhel