Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho de Ernesto Salazar olía a cuero envejecido y a mentiras mal disimuladas. Thiago lo supo en el instante en que cruzó el umbral de caoba labrada, seguido por el licenciado Ramírez, cuyo maletín de piel italiana contenía suficientes pruebas documentales como para sepultar tres generaciones de secretos familiares.
Eran las diez de la mañana de un jueves que prometía sangre.
Ernesto no se levantó de su sillón







