—Mientes... —Su voz terminó quebrándose—. Él no lo hizo. Él... él sabía que yo iba a ir con ustedes...
—Tu querido hermano es un maldito bastardo al que no le importas ni siquiera un poco porque no tuvo ni un poco de piedad por ti y no le interesó si morías en ese coche.
Madeleine abrió los ojos de golpe. Una punzada le atravesó el pecho, pues las palabras de Fabien eran con filosas cuchilladas.
No pudo contenerse más y las lágrimas se abrieron paso inundando sus ojos y humedeciendo sus m