Madeleine se sentía como si la cabeza le fuera a explotar. La presión, el golpeteo, el más mínimo movimiento aumentaba el palpitar contra su cráneo.
Con un suave gemido, abrió los párpados y entrecerró los ojos porque sintió que la habitación estaba demasiado brillante. Notó que una enorme sombra se proyectaba sobre la cama y los nervios se apoderaron de ella, acelerando su ritmo cardíaco.
Gimió, tapándose el rostro con las sábanas para ocultarse de Fabien, quién era el hombre parado a un cos