Fabien le agarró el clítoris, haciéndola gemir suavemente.
—Esto es mío. Tú eres mía —le gruñó.
Los bonitos ojos azules de Madeleine se dilataron con un calor y un hambre que igualaban a los de Fabien.
—Sí.
Fabien arrastró los dedos lentamente a través de ese pedazo de cielo que era todo suyo y, mientras ella observaba, llevó su mano a sus labios y lamió el atractivo sabor de ella en sus dedos.
—Eres tan dulce, muñequita —murmuró, chupándose los dedos como un angurriento—. Como un mal