Fabien sonrió y suavemente le pasó la lengua por el lóbulo de la oreja.
―Buena chica —le susurró.
Su cálido aliento le hizo cosquillas en la oreja a Madeleine, mientras él le desenredaba los dedos del pelo y alisaba sus palmas a los lados de su cuerpo, evitando sus pechos hinchados y doloridos, para su decepción. Sus grandes manos trazaron la curva de sus caderas -Dios, ella odiaba la ropa que había entre ellas y su piel-, luego se deslizaron hasta su trasero y le agarraron y le apretaron e