El avión avanzaba con una suavidad engañosa, como si nada de lo que había ocurrido antes tuviera ya importancia. Dentro, el silencio era controlado, casi elegante, pero en Madeleine no había calma. Apoyada contra el respaldo, con la mirada fija en la ventanilla, intentaba ordenar sus pensamientos sin conseguirlo del todo.
Había asumido que se dirigían a Mónaco. Para ella, eso era lo lógico.
Pero cuando el avión sobrevoló el continente sin descender y el paisaje comenzó a transformarse en una