La oficina de Lee Jae-hyun, en la cúspide de la Torre Haneul, era un testimonio de su poder y su soledad. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de Seúl, un tapiz de luces centelleantes que se extendía hasta el horizonte, pero para Jae-hyun, esa noche, era solo un vasto y opresivo telón de fondo. Había pasado horas desentrañando la red de corrupción de su tío, analizando informes financieros hasta que los números bailaban ante sus ojos, y preparando la siguiente fase de su contraa