Las semanas se habían convertido en un torbellino de actividad para Kang Ji-woo, y Park Min-jun era el ojo de su huracán personal, la constante, el ancla. Su pequeña casa, antes un lugar de reclusión y tristeza, ahora vibraba con el zumbido constante de la máquina de coser, el crujido del papel de patrones y el aroma dulce y terroso de las telas recién compradas. Min-jun lo adoraba. Adoraba ver el brillo de inspiración en los ojos de Ji-woo, la forma en que sus dedos se movían con destreza entr