Las mañanas de Kang Ji-woo ya no comenzaban con el estridente sonido de una alarma corporativa, ni con la prisa por vestirse con trajes formales y el estómago revuelto por la ansiedad. Ahora, el despertar era más suave, a menudo con la tenue luz del amanecer filtrándose por las cortinas, o el suave zumbido de la máquina de coser que la había acompañado en sus sueños. El apartamento, antes un refugio para su dolor, se había transformado en un taller vibrante y caótico, un santuario de creativida