La tarde en el hospital era gris. La lluvia repiqueteaba contra los ventanales del pasillo, y la quietud parecía cubrir cada habitación como un velo. Kira estaba sola en su cuarto, recostada en la cama, con el monitor emitiendo su ritmo irregular pero estable. Sol había bajado a la cafetería con Luka para darle algo de comer y permitirle descansar un poco.
Kira cerró los ojos, acariciando con suavidad su vientre. Cada día el peso del embarazo se sentía más real, más presente. Pero también lo ha